“Bienvenido a nuestro centro”. El ramo de flores que adornaba el escritorio frente a la ventana sólo llevaba adherida esa concisa nota. Sin embargo, Felipe sabía perfectamente dónde estaba y para qué. Había solicitado una entrevista al directivo hacía menos de una semana, se la había negado. Así que se había ingresado voluntariamente, con documentos e identidad falsa, siempre con un hilillo de temor en las tripas, esperando que le descubrieran o que le sugestionara el ambiente de la primera clínica del país destinada en exclusiva a la eutanasia activa.
Estaba esperando a que llegara un doctor y le explicara la política del centro, el mecanismo y método con el que llevaban a cabo su función y qué clase de personas querrían estar allí. Felipe imaginaba que se encontraría con enfermos terminales y suicidas incapaces de dar el último paso. Mientras tanto, observaba el cuarto donde que le habían destinado. No se distinguiría de una habitación de un hospital. Colores neutros en los pasillos, habitaciones blancas, camas individuales perfectamente hechas, estores de un verde pálido. Le sorprendió encontrar una televisión y dos botones en una pared, uno blanco, otro negro. También había un cuarto de baño de baldosas verde pálido y motivos amarillos.
Un hombre vestido con vaqueros lavados a la piedra y bata blanca entró tras llamar a la puerta. Era alto, de unos treinta años, bien afeitado, y con una franca sonrisa en el rostro. Llevaba una carpeta de color verde pálido entre las manos grandes y fuertes.
- Buenas tardes, disculpe la espera. Soy Arturo Baeza, a partir de ahora su médico y amigo. Me acaban de avisar de que teníamos un nuevo paciente. ¿Alejandro Villarejo Matado, supongo?
- Supone usted bien. – Felipe no pudo reprimir una sonrisa ante el último apellido inventado: venía al pelo. Imaginó que su sonrisa no era lo que el doctor Baeza esperaba, así que se excusó.
- Perdone: estoy un poco nervioso. No es algo habitual.
- No se preocupe, es normal encontrarse tenso ante lo desconocido. Permítame que le explique levemente el concepto de nuestro centro y después, si no le queda algo claro, podrá hacerme las preguntas que desee. – Felipe asintió con un gesto y el doctor Baeza comenzó a exponer de carrerilla su discurso. - Este centro se construyó el año pasado gracias a la ley que aprobaba la realización de la eutanasia, que se aprobó en la misma fecha. Actualmente, cubrimos un servicio absolutamente novedoso que han demandado gran cantidad de usuarios. Para que se haga una idea, desde la apertura de este centro se han atendido a dos mil personas que o no tenían una calidad de vida deseable o bien no estaban de acuerdo con el proyecto que su salud les había trazado. Aquí procuramos que los últimos días de su existencia sean agradables y que sus deseos de una muerte indolora se cumplan a rajatabla.
- Perdone que le interrumpa, pero, ¿es posible que personas con una tendencia suicida ingresen y les demanden, por así decirlo, que hagan ustedes por ellos el “trabajo sucio”?.
- De ninguna manera, Alejandro- replicó velozmente el doctor Baeza, remarcando el nombre de su flamante paciente.-Aquí realizamos comprobaciones de las dolencias que los pacientes dicen tener. Si detectáramos a una persona con problemas de índole psíquica, es decir, que desee la muerte por una depresión aguda, por ejemplo, la trasladamos a otro centro en el cual puedan ayudar a esa persona mejor que nosotros.
- Pero, ¿y si una de esas pruebas que ustedes hacen resulta inconcluyente?, ¿qué sucede si no están seguros?.- El doctor Baeza sonrió.
- Eso es imposible. Nuestra tecnología y el personal altamente cualificado impide que la situación de la persona resulte ambigua. ¿Acaso tiene miedo de que equivoquemos su diagnóstico?.
- No, no, de ningún modo. Era por curiosidad, sencillamente.
- Bien. Nosotros trabajamos bajo una fórmula de procedimiento sencilla. El paciente tiene derecho a cambiar de idea durante su estancia. Por tanto, la primera semana es un período de adaptación: no se puede practicar ninguna eutanasia por muchas ganas que el usuario tenga de abandonar su estado. Tiene un plazo de un mes para estar aquí ingresado. Si durante el mes no ha tomado ninguna decisión, el centro lo toma como una negativa a la eutanasia y se le da de alta. Si por el contrario, es firme en sus ideas, sólo tiene que apretar el botón negro que está instalado en todas las habitaciones y nosotros procederemos a atenderle en una hora máximo.
- ¿Y para qué es el botón blanco?
- Es para llamar a la enfermera en caso que se necesite algún servicio, como llevarles al cuarto de baño. Muchos de los pacientes que ingresan aquí no pueden valerse por sí mismos, y necesitan de cuidados que por supuesto, les ofrecemos.
- ¿Y si me equivoco durante la noche y le doy al botón negro cuando mi intención era darle al blanco?
- Debe firmar la autorización antes de que nosotros le inyectemos. Sin su aprobación, nosotros estaríamos cometiendo asesinato, ¿sabe?, por lo que puede cambiar de idea hasta en el último momento. Por último, también tiene derecho a elegir entre una muerte en estado inconsciente o por el contrario, estar en pleno funcionamiento de sus facultades.
- ¿Hay personas que eligen la última opción?- preguntó, asombrado.
- Se sorprendería al saber la cantidad de personas que prefieren tener una conciencia de su última respiración. Eso son ya en preferencias personales.
- ¿Pero es igualmente indoloro?
- Por supuesto.
- Imaginemos por un momento que mi voluntad es morir conscientemente, y que quisiera que mi fallecimiento fuera prolongado.¿Existe esa modalidad?. - Felipe- se irritó al doctor Baeza, alarmando al periodista
- Creo que ya tiene suficiente material para su artículo. No tengo tiempo que perder en estupideces, pero he de admitir que su audacia me interesó lo suficiente como para autorizar su ingreso. Pensé que sus cuestiones serían interesantes, como hasta el momento prometían, y que la publicidad beneficiaría el lugar donde trabajo, pero no le tolero esa última pregunta. Si usted quisiera que su fallecimiento fuera prolongado y poseer plenamente sus facultades mentales, sólo necesita esto. – El doctor Baeza le alargó un paquete de cigarrillos.- Fúmese un paquete diario hasta que su cuerpo se lo permita. Una única objeción: no le aseguro que su muerte sea indolora.
Por todas esas tardes en el dragón y el hypnosis hace años, recuerdos de personas que entraron y salieron de mi vida, pero también aquellos que siguen en mi vida al día de hoy
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