Su cabeza daba vueltas. Sus pensamientos se habían convertido en una incomprensible revuelto de imágenes y voces. Los objetos no le dicen nada. Vagamente tiene conciencia de lo que son. Vagamente escucha el sonido de las imágenes.
Ve el canto de los pájaros que se posan en el marco de la ventana. Saborea el frío metal de la cama con los dedos. Quiere mover una mano, pero mueve sus labios. Tal vez le falta concentración. Lo intenta de nuevo. Nada. Sus piernas se mueven frenéticamente como las de una cucaracha tumbada de espaldas y nada puede hacer para impedirlo. Lo mismo ocurre con sus ojos que giran en su órbita, sin cansarse de escuchar, tal vez hasta que, casualmente, encuentre el link que los detenga. Intenta suspirar, y ve su voz. Intenta respirar, y se mueve el dedo índice de la mano izquierda.
Una alegría nace en su interior y no la puede contener. Se siente feliz, cuando debería sentirse estúpida, derrotada, cansada… Quiere levantarse, pero su corazón se detiene durante medio segundo, tras el cual vuelve a funcionar con un chirrido similar al de engranajes oxidados. Y durante ese medio segundo es consciente de su inconsciencia, de la abstención de los sentidos, de lo intemporal, ha percibido la imperceptibilidad.
Siente un enorme picor en la nariz, pero no está segura si el problema es ahí o en otro lugar. En cualquier caso no es su propia nariz. Intenta rascarse y súbitamente se levanta. Quiere reír, pero a este estímulo acuden lágrimas. De repente nota que se acerca peligrosamente a la ventana. Quiere detenerse, pero por supuesto continúa avanzando, quizá a mayor velocidad. Quiere gritar: ¡detente! Pero en lugar de eso en su boca aparece un extraño monólogo, palabras inconexas, incomprensibles, que no le pertenecen, porque es una voz profunda la que las pronuncia. Se repiten una y otra vez fuera de sí, trazan extraños círculos, chocan y se disuelven en el aire. Vuelven a materializarse, pero quedan estáticas.
No está muy segura de qué ocurrió, pero sorpresivamente se detiene cuando la mitad de su cuerpo se abalanza fuera de la ventana. Llora de angustia. Retrocede. Sus piernas empiezan a caminar en círculos por la habitación. Su mente avanza hacia atrás y construye en este espacio físico lo que ha almacenado durante tanto tiempo. Escupe a la realidad recuerdos reales de cosas irreales, engulle la realidad para colocarla en un plano onírico, o más bien pasado. El ambiente se satura de esa realidad irreal, como si la realidad sólo fuese una pantalla en blanco.
¿O tal vez sólo su mente reconstruye los recuerdos en la realidad? ¿Está alucinando? ¿No es ella misma una experiencia alucinógena? Quiere gritar y sus oídos enfocan un futuro distante, mezclado con un pasado igual de distante. Y de esta mezcla heterogénea resulta una masa homogénea, absurda e indescriptible. De nuevo su cerebro es invadido por un cúmulo de imágenes, desencadenadas, desarticuladas. Imágenes que no corresponden a un tiempo exacto, porque al parecer, están fuera de él, tal vez porque el tiempo ha nacido de ellas. El tiempo ha reposado en su útero y ellas lo han escupido para que de él ellas vuelvan a nacer y, a pesar de esta relación recíproca, están lejos de pertenecer a él.
Se miró sin verse, porque ahora su mente percibe a través de un despertador. Se mira en la descoordinación de sus movimientos. Ella misma, ahora un despertador, quisiera conectar los millones de cables que coordinan sus movimientos, pensamientos y percepciones, cada uno en su lugar, pero, por supuesto soy un despertador, se dice. Debería haber escogido un objeto animado e inteligente. Tal vez debería descoordinar su cuerpo de tal manera que pudiera lograr una perfecta coordinación inversa. Alucinar la realidad, percibir los sueños. Recordar el futuro, anhelar el presente, vivir en el pasado… Y sin embargo, en la descoordinación también podría lograr una coordinación simulada o acaso la coordinación real pero alcanzada por una máxima potencia de descoordinación. Coordinación descoordinada. Descoordinadamente coordinado. Qué sé yo. Si pudiera ser otra cosa en lugar de un despertador.
Nuevamente, se aproxima a la ventana. Sabe que no podrá detenerse. Que un impulso incontrolable la lanzará a través de ella… y sin embargo, aun cuando su cuerpo se estrelle contra el pavimento esparciendo sus vísceras por todas partes, está conciente que en aquella descoordinación puede manipular la percepción del tiempo, haciendo que ese momento sea infinito. Caer infinitamente, pese a que en un plano espacio temporal real la caída haya llegado a su fin… ¿O tal vez no? ¿Tal vez todo termine ahí?
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