Jon Nieve no es aquel muchacho de rostro afable y mirada precoz del anterior verano. Poco queda del chico que se dejaba crecer la pelusa de la barba para aparentar que era como el resto de los hombres de Invernalia. Pero Invernalia ha pasado a ser un mero sueño, un susurro de los arcianos que aun crecen por las tierras del Norte. Como su padre.
Jon Nieve ha pasado a ser Lord Nieve, Comandante de la Guardia Negra, un extraño para Arya, quien cuando le mira por primera vez siente que está viendo a su padre de nuevo. Es una especie de broma de mal gusto en verdad porque Arya vio claramente hace años como la cabeza de su padre rodaba por las escaleras del septo de Baelor El Santo, bien separada de su cuerpo. Pero allí está, el fantasma, tal vez no tan corpulento ni con ese aire de confianza que inspiraba Lord Stark. Y además, su padre no tenía esa cicatriz sobre la ceja.
Las facciones de Jon se han endurecido, posiblemente por todas las traiciones y peligros que ha tenido que soportar. Su mandíbula se tensa en una mueca que refleja ambición y sueños truncados. La comisura de su boca se contrae por el frío, ese al que tendría ya que haberse acostumbrado pero del que no hay hombre sobre la faz de la tierra que pueda acomodarse a él. Arya siempre escuchó a su tío Benjen quejarse de que en El Muro hacía más frío que en Invernalia.
El Invierno no ha pasado en balde para ninguno. También Arya ha cambiado. Lejos quedó aquel ratón que se movía sigilosa por los laberintos de Harrenhal. Aunque aun Aguja sigue colgada de su cinto, como una promesa de que reencontraría a quien se la entregó. Una promesa de una niña que aun no sabía empuñar una espada en Invernalia. Sonrió. Incluso hasta los mayores necesitan la esperanza que les infunde mantener una promesa hecha en la infancia.
El pelo marrón le cae sobre el peto de cuero, un poco más allá de la cintura. No lleva zapatos, hace tiempo que dejó de necesitarlos. Su piel se ha oscurecido tanto por su vida al otro lado del Mar Angosto que muchos dudarían que esa chiquilla vivió su infancia en las tierras norteñas de Poniente. Pero Jon la reconoce al instante porque se muerde aquel labio como cuando tenía nueve años tras cometer una travesura.
Cuando Jon abraza a su hermana nota su olor corporal. Huele a aventuras, sacrificios, sangre ajena y a lobo. Jon ya lo sabe, porque lo ha visto a través de Fantasma, que Nymeria también ha regresado. Sabe que ambas han hecho un largo trayecto por separado, que se han visto forzadas a cometer acciones que jamás creerían, que han tenido que crecer antes de tiempo para sobrevivir y que se han rebelado contra su propio destino. Es lo que tiene que hacer todo niño que espera sobrevivir al invierno. Y Nymeria siempre fue tan parte de Arya como cualquiera de los otros huargos con sus hermanos.
Arya se recrea un momento en los brazos de su hermano. Huele a sudor frío, a pino soldado, a nieve. Quiere creer que huele a casa pero ya no hay casa que recordar, así que se contenta con las pequeñas imágenes que aun pululan por su mente: los dos haciendo rabiar a Sansa mientras se estudia en el espejo, jugando a esconderse de Rickon que les sigue como un perrito perdido por los laberintos del castillo, animando a Bran a escalar una de las torres más altas… Un escalofrío les recorre a ambos, como si los dos hubieran recordado exactamente lo mismo y les hubiera provocado la misma sensación. Arya no quiere mirarle porque siente que se va a echar a llorar y ella no es capaz de recordar cuando fue la última vez que lloró. Pero el hombre que tiene delante le levanta la barbilla con su mano, que resulta que no está tan fría ahora, y le dedica una sonrisa que jamás podría olvidar, esa que lleva guardando todos estos años solo para ella.
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