Se le deshacían los ojos en lágrimas. Estas lágrimas le quemaban como el fuego del infierno, eran lágrimas de ira y desaparición. Tenía el rostro hinchado y sonrojado. Sus ojos se clavaban en un punto perdido al final de su cama, pero no era capaz de ver nada. Divagaba su mente, una y otra vez, en sucesos pasados desde que comenzó a estudiar en un instituto lejos de sus amigos de siempre porque se habían mudado a la otra punta de la ciudad por motivos de la dichosa crisis.
Fue entonces cuando comenzó su desdicha.
Se balanceaba sobre si misma, sentada sobre su cama, agarradas las rodillas haciéndose un ovillo, escondiendo su cara detrás de éstas. Las apretaba fuerte y no paraba de balancear.
Todos los días perdía un poco mas la cabeza, se estaba volviendo loca, una pobre demente, era eso lo que parecía. ¿y que era sino más que una loca? Después de todo en su mente, racional a su manera, no cabían los actos de humillación a los que la sometían sus compañeras.
Entrecerró los ojos al recordar lo que paso esa misma mañana. Se veía sentada en su rígida silla escolar, siendo atacada verbalmente, de nuevo, por una miserable hija de puta que le sacaba una cabeza de altura, siendo casi tres años más pequeña que ella.
Se le encendió entonces algo en el pecho. Un pequeño resquicio de lo que había sentido hacía unas horas. Aquella mañana le quemaba el pecho, le ardía, y se le sucedieron las imágenes lentamente, de cómo aquella niña malcriada se apartaba de su mesa y volvía a su pupitre, de cómo ella se levantaba tras de su compañera y la golpeaba en la cara. Y se le avivó el fuego de dentro, porque sabía que solo con un golpe no le bastaría. Le daría uno detrás de otro, y cada vez con más intensidad. Y si la mataba, pues muerta quedaría, pero le habría dado por fin a su espíritu la paz que merecía.
La joven se tumbó sobre la cama, se le había escapado el alma. Sentía totalmente la calma, estirada sobre su colchón, mirando al techo. Resignándose.
No es que ella fuera una cobarde. En verdad lo habría hecho, se habría levantado de su silla y habría matado a aquella cabrona.
Pero notó en aquel momento, justo antes de perder el control, que algo la ataba a la silla. Una fuerza todavía superior a la de la ira.
El poder de la razón supuso. El poder de la moral que se antepone a los impulsos del corazón. No sabía. Fuera lo que fuese, había tenido miedo de romper aquellas cuerdas transparentes e invisibles que la mantenían pegadas a su silla. Tubo que hacer un sobreesfuerzo para no levantarse, aunque sabía que sus músculos no iban a poder acatar la orden de "levántate". Así que se quedo sentada, y trató de calmarse.
"Tal vez de verdad estoy loca" se dijo mirando el techo de su habitación, y se prometió de nuevo a sí misma, la promesa que se había hecho semanas antes, de no volver a llorar por aquellas desechos de la humanidad. La vida pronto las colocaría en su sitio. Y se durmió sonriente, pensando en las desgracias y miserias que les acontecerían a todas aquellas que le amargaban la vida.
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